Ahora que nuevamente se ha puesto en agenda la reforma electoral, conviene tener presente que el diseño de los sistemas electorales, tema cuya discusión normalmente queda al margen del debate, incide decididamente en el sistema y en el desarrollo de los partidos políticos, uno de los puntos más magros de nuestro sistema, razón que justifica su análisis en la medida que queramos afrontar una reforma de fondo y no superficial.
Siendo esto así, conviene recordar que uno de los sistemas es el denominado sistema de mayorías, el cual premia al vencedor de un proceso electoral independientemente del porcentaje de votos que obtiene, es decir, no se requiere del 50% más uno del total de votos para ganar una elección. Este sistema tiene a generar condiciones para el desarrollo del bipartidismo, un partido en el gobierno y otro opositor.
Se pondera de este sistema, que se propicia la alternancia en el poder y que los partidos que lo conforman son de amplia base, lo que les permite abarcar varios segmentos de la sociedad. De otro lado, se argumenta en su favor que tiende a desalentar a existencia de partidos radicales y extremistas. Sin embargo, desde otra perspectiva, se le critica que puede generar un alto nivel de polarización en sociedades que no tienen un alto nivel democrático, además, no ofrece garantías de representación pues tiende a eliminar a los partidos pequeños y no asegura la representación de grupos minoritarios.
Frente a los sistemas de mayorías, surgen los sistemas de representación proporcional, los cuales generan las condiciones para el florecimiento del pluripartidismo, el cual permite que diversas posturas políticas e ideológicas encuentren eco en alguna organización política.
Se argumenta a favor del sistema de representación, que permite a los partidos pequeños acceder a una pequeña cuota de poder, por tanto se le considera más democrático que el sistema de mayorías pues satisface a un número mayor de electores y no solo a quienes votaron a ganador. No obstante, se le critica que el alto número de partidos políticos que son propios de este sistema, puede generar, debido a la fragmentación, un efecto desestabilizador del sistema político y afectar la gobernabilidad.
Pero debe tenerse presente que el sencillo análisis efectuado debe hacerse en un sentido bidireccional, ya que el sistema de partidos a su vez incide en el sistema electoral.
Bajo esta perspectiva, es poco probable que bajo un sistema proporcional y por tanto pluripartidista, los partidos propongan cambios que los limiten y opten por transitar hacia un sistema de mayorías que los reducirían numéricamente; de igual modo, bajo un sistema de mayorías resulta difícil que imaginar que dos partidos que normalmente se alternan en el poder establezcan normas que permitan la proliferación de partidos.
Lo dicho no implica que pasar de un sistema de representación a uno de mayorías y viceversa sea imposible. Tampoco implica afirmar que un sistema sea per se mejor que el otro, además cada sistema admite matices y variables, por tanto, cada país tiene que adoptar el sistema que más le convenga, y para ello, es necesario que previamente examine el nivel de madurez democrática que tiene y, por su puesto, que exista una real voluntad política para aprobar las medidas conducentes al fortalecimiento del sistema electoral y el sistema de partidos.