¿Cuándo fue la última vez que votamos con ilusión?
En la década de 1980, la identificación partidaria mantenía una presencia importante en los comicios electorales. Así, los resultados que llevaban a un candidato al sillón presidencial eran, en gran parte, predecibles y las candidaturas con mayor respaldo, correspondían a partidos políticos reconocidos y de trayectoria importante. De modo contrario, si alguna predicción relevante, nos han dejado los últimos comicios, es que el escenario electoral es sumamente impredecible con gran espacio a la dispersión y una volatilidad que linda con lo improbable. Es precisamente en ese sentido, que entra a colación el “voto estratégico”, que más que una preferencia por alguna candidatura, condice con la elección del “mal menor”.
El multipartidismo en el Perú, acoge en cada escenario electoral a una serie de candidaturas con más afinidades que diferencias. Dicha condición ha permitido, por ejemplo, la presentación de 24 candidaturas al sillón presidencial en los comicios electorales del 2006, el mayor número registrado en la historia peruana. Y, a pesar de que se han emprendido iniciativas que buscan revertir dicha situación, lo cierto es que cada escenario electoral trae consigo la presencia de una serie de candidaturas que, sumada a la falta de representación partidaria en la sociedad peruana (80% según Ipsos Perú) deriva en la dispersión y fragmentación del voto entre distintas opciones.
En ese sentido, en vista de que el votante cuenta con una serie de candidaturas posibles y, a su vez, no se involucra políticamente con ninguna de ellas, su voto va a responder, en gran medida, a un “voto estratégico”, a saber, aquel que parte de un análisis de las posibilidades reales de cada candidato. Así, dada la dispersión electoral, el “voto estratégico”, ha tendido a dirigir esfuerzos, a concentrar el voto en el “mal menor”. Es decir, un voto negativo contra aquel adversario común frente al que ubicarse.
Ahora bien, aquella racionalidad del votante calculador, posibilita la aparición de algún outsider o el reacomodo constante de las preferencias, construyendo un escenario volátil de suma incertidumbre. Así, tenemos, tanto el escenario del 2011, que puso en vilo a cinco candidaturas, cualquiera de las cuales podía imponerse sobre las demás, llegando a elegirse, Ollanta Humala, en gran medida, por el voto anti-fujimorista; así como las elecciones de 1990, en donde es elegido Alberto Fujimori, por el voto anti – sistema, y por ende, anti Vargas Llosa. De la misma manera, se encuentran las elecciones municipales, como la del 2010, en donde, tras la tacha de Kouri, Susana Villarán se impone, en cierto grado, con un voto anti Lourdes Flores, o contra aquello que ésta representaba en la conciencia popular.
Podemos entender, entonces, que nos hemos acostumbrado a elegir al mal menor entre las peores opciones que nos ha “impuesto” el padrón electoral. Tal parece que los comicios electorales se han convertido en aquel costo de la democracia, y es que, en lugar de elegir a nuestra mejor opción, en la práctica termina representando la protesta contra aquello que nos oponemos.
Actualmente, a pocos meses de realizarse nuevos comicios electorales, tanto Raúl Tola como Juan Carlos Tafur, apuestan por aquel que denominan “lorna” o “zonzo de la clase”, respectivamente, es decir, aquel que abunde en propuestas y no se inserte en la politiquería ausente de ideas. Y, es que cada elección es una nueva oportunidad de votar con ilusión y el real “voto perdido” es aquel que en lugar de respaldar a nuestra mejor apuesta se pierde en el conformismo del “menos malo”.